
Aún la recuerdo, desvalida en aquella habitación, exiliada del mundo y de la vida, arañando su cuerpo en el umbral de la cordura con la esperanza de no fundirse en el vacío. Aquella luz pálida diseccionando el clamor de sus ojos fríos y sidéreos, donde hasta los astros en su incógnito viaje hacia las fronteras de la realidad y del sentido parecían arder sedientos de calor humano.
Yo me encontraba al otro lado, extasiado mientras admiraba la perfección de cada una de sus lágrimas deflagradas. Fue en ese momento cuando comprendí que todo a su lado carecía de lógica y de importancia: milenios de interpretación filosófica, guerras, religiones, ciencias, vidas sacrificadas en pos de un ideal pérfido, maravillas y catástrofes, océanos de luz en un millón de amaneceres, cada herida donde había cicatrizado la eternidad. Nimiedades del pasado, polvo.
Ya no creía en nada, solo en una palabra y en el tacto con su piel diáfana.
Me acerqué lentamente, con la calma de la marea en las horas tardías. Notaba su respiración desacelerada y el palpitar isócrono en su corazón, únicos elementos capaces de rasgar el silencio que empantanaba el habitáculo, inquietante como la sonrisa de un loco. Una vez pronunciadas aquellas palabras arrancadas de los más íntimos y sombríos rincones de mi memoria no hubo vuelta atrás. La colisión de miradas y el ingrávido movimiento de labios, elidiendo el miedo que despertaba en nuestro interior, la aféresis del delirio y el cristal.
Ella era el perihelio de mi vida.
Desde aquel instante nuestro tiempo dejó de pertenecernos. Unidos por el mismo desconsuelo y la misma necesidad, nos convertimos en peregrinos deambulando por un desierto que separaba dos mundos demasiado distantes, donde el viento cinéreo solo soplaba para ocultar nuestras caricias tras un velo de ceniza.
Yo me encontraba al otro lado, extasiado mientras admiraba la perfección de cada una de sus lágrimas deflagradas. Fue en ese momento cuando comprendí que todo a su lado carecía de lógica y de importancia: milenios de interpretación filosófica, guerras, religiones, ciencias, vidas sacrificadas en pos de un ideal pérfido, maravillas y catástrofes, océanos de luz en un millón de amaneceres, cada herida donde había cicatrizado la eternidad. Nimiedades del pasado, polvo.
Ya no creía en nada, solo en una palabra y en el tacto con su piel diáfana.
Me acerqué lentamente, con la calma de la marea en las horas tardías. Notaba su respiración desacelerada y el palpitar isócrono en su corazón, únicos elementos capaces de rasgar el silencio que empantanaba el habitáculo, inquietante como la sonrisa de un loco. Una vez pronunciadas aquellas palabras arrancadas de los más íntimos y sombríos rincones de mi memoria no hubo vuelta atrás. La colisión de miradas y el ingrávido movimiento de labios, elidiendo el miedo que despertaba en nuestro interior, la aféresis del delirio y el cristal.
Ella era el perihelio de mi vida.
Desde aquel instante nuestro tiempo dejó de pertenecernos. Unidos por el mismo desconsuelo y la misma necesidad, nos convertimos en peregrinos deambulando por un desierto que separaba dos mundos demasiado distantes, donde el viento cinéreo solo soplaba para ocultar nuestras caricias tras un velo de ceniza.

perihelio¿?
ResponderEliminary afelio
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