Y aún cuando cierras los ojos sigues viendo esa sangre derramandose en tus manos, fría.
Has caminado toda tu vida por las oquedades de un mundo donde el cielo solo podía verse reflejado en los charcos de lluvia negra y cada despertar suponía el sacrificio de un sueño, y ahora que la salida está a tu alcance la fuerza de rozamiento con la oscuridad te arrastra hacia sus profundidades nuevamente. Porque aunque queme el respirar, te has vuelto un adicto al fuego, y ninguna erupción sangrienta apagará las llamas de tu condena. No es esa sangre gélida lo que buscas, ni ese aroma a jazmín putrefacto, ni siquiera la brisa de ese océano sin agua y sin el eco de las gaviotas. Odias el frío estático.
Buscas el incendio.
Y hasta su sangre congelada puede arder.
Algún día, el sol será tus ojos.


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